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lunes, 15 de mayo de 2017

Relato. El terrible ataque del espolón fantasma.

Opinión: 
Hola a todos desde el más allá de acá.

Que pensaba yo que os tenía bastante abandonado, aparte de avisos de virus, de recopilación de relatos cortos para eventos y tal, poco más sale de mi coco a mis dedos y por ende, a vuestra pantalla.

Hablando de relatos de eventos, que no se nos ha olvidado la recopilación de relatos para San Valentín, lo que pasa es que no me aclaro ahora cómo maquetarlo para que todos los relatos luzcan igual y, aparte de eso, viva la vagancia.
Pero que pronto os lo postearé para su descarga directa, tranquilos.

Que no venía yo a esto ahora, ahora vengo a traeros un relato tan real como la vida misma.

Si, es que a veces, lo que a mí me pasa parece de ficción pero no lo es, claro que no, tal vez lo parezca por los adornos (tal vez no haya adornos, tal vez sea así realmente todo...).
Que me dejo de rollos y vayamos al relato maldito.


Resulta que un personaje, es decir yo, es aficionado de pacotilla al running y bueno, ha dejao de mirar los culos de las runnidoras en la televisión y se ha puesto a mover el suyo ahí, por los campos de Dios y por donde haga falta.



Podría ser cualquier ruta pero esta me gusta, hay un tramo muy interesante cuando hace calor porque es un camino que no es muy ancho y que hay árboles a ambos lados y da la sombra. Qué sombra más simpática es a esas alturas.
También es interesante porque no hay nada llano prácticamente, hay altibajos muy guapos y no es para nada monótona, se hace bien pero, de esto tampoco era el relato, solo es la intro.

El personaje empieza su trote denigrante durante un rato hasta que llega la primera cuesta abajo y, a los pocos pasos, nota un fuerte pinchazo en el talón.
Pero no hace caso y sigue adelante como un vigilante de la playa pisoteando medusas sin inmutarse.

Bueno, pues parece que ahora no pincha nada y estamos en llano o casi, bien, habrá sido una falsa alarma, alguna piedrecita que se ha colado entre el calcetín y el talón y ya está amoldada y no molesta. Perfecto.

Siguiente cuesta abajo y ya habiéndose olvidado el personaje del pinchazo, otro.
Y otro.
Ya empezamos a cojear como un perrillo pequeño cuando le miras y finge estar herido por algo inexistente.

Maldita sea, habrá que parar el trote cochinero y quitar la piedra o lo que se haya metido en la zapatilla.

Dicho y hecho.
El personaje se sienta en una piedra para estar lo más cómodo posible y se quita zapatilla y calcetines, los pone todos al revés, los hurga bien hurgados y bueno, sale alguna piedrecilla no más grande que cualquier mota de polvo y piensa que se está volviendo más sensible que la princesita a la que le ponen una lenteja bajo el colchón y, al acostarse no puede dormir porque nota algo raro.
Y bueno, sí, debe ser eso, el caso es que tiene en el talón como un agujerito y sangre en la plantilla y calcetín, no mucha, también hay que reconocer.

En fin, que no podemos estar tanto tiempo parados porque nos enfriamos, piensa el personaje para él mismo, se calza de nuevo sus artilugios y, con la esperanza de haberse librado de la piedra torturadora, sigue su carrera hacia ninguna parte.

Olvidado ya el incidente o incidentes y siendo medio llano, cuesta arriba, todo va bien, ni siquiera se nota el pinchazo pero en su mente empieza a rondar un pensamiento único:

A que voy a tener un famoso espolón de esos en el pie.
A que voy a tener que ir al matasanos a que me mande a rayos x para detectarlo mejor.
A que...

Con tanto a que, llegamos a una cuesta abajo y zas, de primeras un pinchazo, luego otro y otro.

Que yo sigo aunque reviente, zas, otro.

Me paro y se para el personaje porque ambos somos una persona, me quito de nuevo la zapatilla, estaba vez más cabreado que un gato cuando le metes dentro de un saco y, con la única intención de encontrar una piedra del tamaño de Gibraltar.

Pero nada, esta vez no sale ni polvo.

Al matasanos habrá que ir, qué remedio.
El personaje se da cuenta de que sus zapatillas están pidiendo otras, se están desgastando pero todavía hay bastante dibujo y, entre el barro acumulado del camino, ve como algo que no le cuadra en una zona casi limpia donde se ve bastante bien la goma de la suela.

Uhmm, ¿esto qué leche es?
El personaje tira.
Tira.
Tira y claro.

El maldito espolón fantasma sale a la luz.


No sin antes dejar un reguero de víctimas durante su imperio de terror y destrucción.




Pero bueno, el personaje está contento de que no se hayan salido las tripas por ahí.

Y lo más importante.

Nueva aventura sin tener que ir al matasanos.


ASÍ FUE Y ASÍ OS LO CONTÉ.

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