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miércoles, 25 de junio de 2014

Microrrelato. El blasón

Opinión: 
El Blasón.



El Principito era como cualquier Principito de su edad.
Un Príncipe con todos sus derechos y sin prácticamente ningún deber, era joven, no había nadie que le ordenase nada y sus padres menos. Siempre estaban ocupados con sus asuntos de estado.

El Principito se aburría y no había nada que lo sacase de su hastío.

Decidió que le construyeran un Palacio donde había un gran bosque, el único ya por esas tierras.
Él odiaba los bosques, odiaba todo, gracias a su aburrimiento y a no faltarle de nada.


Un día de los que su padre le podía dedicar unos minutos y paseaban por las tierras aledañas al castillo, el Principito señaló el bosque, el único bosque que se veía por allí alrededor, todo lo demás era árido prácticamente, sin vida.

-Quiero un Palacio allí-fue su escueta orden, mientras se sacudía el polvo y se secaba el sudor que le caía a raudales por la frente.

-Lo tendrás, hijo mío-dijo el padre mientras se secaba también el sudor y pensaba que antiguamente no hacía tanto calor y llovía más por esas zonas-mañana empezaremos la tala de árboles y los usaremos para calentarnos y para tu Palacio.

-Estaré presente en la tala de los árboles, Padre, los odio.

El padre pensó que él también los había odiado de pequeño y por eso había arrancado todos los de alrededor.
Había veces que echaba de menos el verdor pero bah, tampoco era una cosa importante.

A la mañana siguiente, a primera hora, el Príncipe estaba a pie de obra para supervisar y disfrutar con la tala de árboles.

Todo el pueblo estaba presente también, hacía muchos años que no se talaban y este bosque siempre había sido respetado.

Llegó el primer hachazo y un rumor recorrió el lugar, algo había salido volando desde unas ramas del gran árbol y le cayó en el hombro al Principito.

El Príncipe no sabía si llorar o correr o hacer las dos cosas.

-¿Qué es esta cosa?-dijo aterrorizado.

-Es una ardilla, mi señor-respondió uno de los 9 pajes que llevaba siempre con él.

-¿Muerde?

-Solo a las piñas y bellotas, para comérselas, mi señor.

El Príncipe observó mejor a la ardilla y el sonido que hacía, arrullador.

-¿Dónde viven estos animales?¿Lo sabes?

-Claro, mi señor, viven en los árboles.

-¿Y si los cortamos? ¿Dónde irán?-preguntó el Príncipe.

-Seguramente morirán, no hay más árboles en muchos kilómetros a la redonda, vuestro padre se ocupó de ellos hace años.

El Príncipe volvió a mirar a la ardilla y se dio cuenta de que habían parado de talar.

Iba a ordenar que continuasen cuando la ardilla cayó al suelo e hizo algo raro.

¡¡¡¡¡TUVO ARDILLITAS¡¡¡¡¡

El Príncipe se quedó pasmado y más por la mirada que le lanzaba la ardilla madre. Esos ojos fijos en él, suplicantes.

Miró a los taladores.

-Recoged vuestras cosas, hoy no se tala nada aquí.

Diciendo esto, un relámpago surcó el aire y rompió a llover. 

Todos se fueron hacia el Castillo pero el príncipe miraba hacia atrás, vio que salían muchas ardillas de entre los árboles y portaban cosas.

Una de ellas pasó por su lado y se paró en un charquito, excavó un poco e introdujo una bellota.

Más allá, otra ardilla hizo lo mismo pero enterró un piñón.

Y así sucesivamente.

-Qué animales más raros-pensó el Principito-esconden su comida.

Pasaron unos meses y el Príncipe volvió a pasear por esa zona, se veían zonas verdes y como plantas en muchas zonas cercanas al Castillo, donde hacía años que no había nada más que polvo.

Pasaron años y el Castillo volvió a tener el antiguo explendor de hacía siglos, cuando se talaban los árboles con cordura y tacto, sin odio.

Pasaron los años y el Príncipe fue Rey y por fin descubrió lo que era bañarse en un arrollo de aguas claras y trepar por los árboles.

De ahí, queridos niños, que el escudo de ese Reino, su Blasón, tenga como imagen un corazón, un árbol y una ardilla.

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