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lunes, 17 de marzo de 2014

Leyendas y secretos. Vaticano

Opinión: 
Secreto del Vaticano. La niña sin lágrimas.


El día del parto, la matrona pellizcó a la criatura para que llorase y lo consiguió, por lo menos en cuanto al sonido, porque lágrimas no derramó ni una. En cambio, quienes presenciaron su nacimiento no dejaron de echarlas. Al desconocer el motivo real, atribuyeron su estado a una profunda emoción por la nueva vida, así que dieron rienda suelta a todos los gestos y gemidos que suelen acompañar a esas gotas saladas.

Los visitantes y la matrona pudieron recuperase al poco rato de abandonar la cabaña, pero la madre y el padre estuvieron a punto de fallecer esa misma noche por deshidratación.


Darius era listo. Para empezar, propuso una solución temporal para cuando necesitasen sacar a la pequeña de casa. Aconsejó envolverla completamente, dejando sólo un diminuto orificio a la altura de la nariz que le permitiese respirar. 
Bastaría con decir que le había caído agua hirviendo encima y que no querían que nadie viese su deformidad. Darius les prometió encontrar un remedio definitivo. Mientras tanto, les pidió un favor en beneficio de los pobres del pueblo de Argesca. 

En las celebraciones de la misa, tenían que colocarse en el centro de la nave y, al iniciar el sermón, debían descubrir sigilosamente a la pequeña. Así se hizo. La fe del pueblo se elevó y con ella las limosnas. No obstante, Darius no comió ni más ni mejor. 
Él era uno de esos curas que creían en la bondad de la iglesia. Por consiguiente, redistribuyó los ingresos. También es cierto que era consciente de su pecado.

En medio de uno de los sermones, un feligrés se percató de lo que hacía la madre y, al ver el rostro de Beatrice, gritó ¡milagro, milagro, la niña ha sanado!, y todos lloraron mucho más de lo habitual. 
A partir de ahí, la pequeña caminó descubierta y fue sólo cuestión de tiempo que la gente notase que ella era la causante de sus lágrimas. 

Sin embargo, no pensaron que fuese un acto del mal, sino de Dios, porque en lugar de dolerles, les hacía más sensibles, más buenos. Y Darius volvió a sacarle el lado positivo a la situación. Se confesó ante todas las personas del pueblo y, seguidamente, las convenció para que fueran sus cómplices. 

En pocos días, esparcieron por los pueblos aledaños el falso rumor de que en Argesca habían encontrado los restos de un hombre santo y que durante las misas su presencia era tal, que todo el que asistía lloraba de alegría. 

Cada semana, el número de peregrinos crecía notablemente, dejando generosas ofrendas. Durante las ceremonias, la gente del pueblo se colocaba alrededor de la niña, para que la madre nunca fuese vista al destaparla y al cubrirla nuevamente. 

Con los años, la propia Beatrice se encargó del ritual. Una vez lejos de las inmediaciones de la iglesia y de los extranjeros, aligeraba sus vestimentas y paseaba como cualquiera de sus amigas. Los arguescianos se acostumbraron a vivir entre lágrimas en medio de risas, de discusiones, de pedidas de mano, de negociaciones, de juegos, de brindis, de la vida cotidiana.

El sacerdote Darius fue ascendido a obispo por las ingentes cantidades que conseguía recolectar. Lo único que pidió fue no ser destituido de la parroquia de Argesca. Por azares del destino, sobrevivió a la muerte de la señora Beatrice. Ya cansado, sin nada que perder por la edad y su débil salud, se atrevió a documentar la vida de su benefactora, confesando el gran engaño que había encabezado. Por supuesto, el documento no salió a la luz.

Curiosamente —podría considerarse más bien un detalle lógico, aunque no por eso menos llamativo— en el funeral de Beatrice, ninguno de los presentes lloró. La querían, sí, pero contuvieron sus lágrimas en señal de duelo. 
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