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martes, 3 de diciembre de 2013

3 diciembre del 2013

Opinión: 
Continuamos con la especie de relatos de estas fechas mágicas para algunos.

Hoy toca una pequeña aventura de tantas sobre este intrépido personaje, Don Danilo de la Mancha y su escudero Aniceto.

En tiempos de hechiceros, hadas, duendes, había grandes caballeros...
Pero de eso no os voy a hablar, no estamos en esos tiempos, no soñéis.

Lo que os voy a contar es tan cierto como que los políticos son honrados y miran por el ciudadano.

Un buen día de abril, con tiempo de primavera, juntos iban hacia allí, para recordar lo suyo.
Comenzaron a subir una cuesta entre los dos, sí, habéis leído bien, entre los dos.
Está fácil entender esto, sabiendo qué es lo que pasaba con estos dos.
Normalmente, Aniceto, el escudero de Don Danilo de la Mancha, solía llevar a cuestas a su amigo y señor.
Esta vez no, esta vez iban los dos caminando, por eso era que subieron entre los dos la cuesta.

-Son tiempos difíciles amigo Aniceto -dijo Danilo-. Ya no hay doncellas a las que levantar las faldas ni ancianas a las que llamar al timbre de la puerta y salir corriendo.
-Pues no señor, nada de eso está ya de moda. La gente se está volviendo muy rara y se olvidan de la diversión.
-¿Te puedes creer que el otro día intenté levantar la falda a una moza y resultó que era un cura? Ahora las mozas llevan pantalones, ¿dónde vamos a llegar?
-Peor lo tuve yo, mi señor. Que fui a asustar a una anciana, como hacíamos antiguamente y el que me asusté fui yo, luego resultó que no era una anciana, Carmen de Mairena la llamaban.
-Anda, a eso le robé yo un beso y me metió la lengua hasta el páncreas. La cosa está muy mala, amigo Aniceto.
-Muy mala está, señor.

Y así culminaron la cuesta, lamentándose...
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