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miércoles, 30 de octubre de 2013

Reto 3 de Halloween 2013, organizado por el blog Acompáñame. Relato titulado "Debajo de la mesa camilla"

Opinión: 
Bueno, ya tenemos el tercer reto organizado por el blog ACOMPÁÑAME para Halloween.

Se trata de hacer un relato que tenga un número máximo de palabras de 666 y elegir una de las imágenes expuestas en dicho blog.

El relato y la imagen hay que ponerlo en el blog propio y comentar en ACOMPÁÑAME el enlace de dicho post para apuntaros en la lista.

El enlace del reto, os lo dejo aquí para que entréis y así os enteraréis mejor.

http://podemos-juntos.blogspot.com.es/2013/10/halloween-reto-3.html

Y nada, empezaré yo con mi imagen elegida.
Todas eran geniales menos la mía, no me duele reconocerlo, no tengo arte ni aunque me esmere, tampoco me duele reconocer eso.

Elegí esta de Samantha porque es una manera diferente de la imagen típica, aunque directa, de vivir el Halloween.
Su blog es: http://ladamadelosvampiros.blogspot.com.es/2013/10/hace-una-semana-nos-apuntamos-al-reto.html



Yo qué sé, me explico como un libro en llamas...

Y bueno, mi relato se titula.

DEBAJO DE LA MESA CAMILLA.


Hacía un mes que murió mi suegro.
Me había hecho prometerle que dejaría de beber y  no gritaría o maltrataría a mi pareja.
Siempre le tuve bastante miedo, miedo más que respeto. Le prometí que lo haría, que sería el buen marido que fui antes de perder a mi hijo en ese accidente de coche.
Debí haber cogido yo el coche aquella noche para llevar a mi hijo a urgencias pero claro, yo no estaba, estaba de juerga con los amigotes y mi pareja, inexperta y miedosa para conducir, tuvo que llevarle.
A causa de los nervios y la inexperiencia, mi pareja se salió en una curva. Ella resultó ilesa pero el niño, al tardar tanto en ser atendido, murió ahí.
Me encerré más en la bebida y me culpaba a mí por no haber estado allí para llevarles, lo pagaba con mi pareja. No la pegaba pero sí rompía cosas, le daba voces y me iba de fiesta.
Mi suegro solo miraba. Siempre creí que era sordo mudo.
Hasta esa noche en la que murió.
Se empezó a sentir mal en la madrugada y se levantó con axfisia, respirando con unos pitidos impresionantes.
Me acerqué, estaba prácticamente morado, la lengua casi por fuera.
Negó con la cabeza cuando cogí el teléfono e indicó que me acercase.
       No llames, no llegarán a tiempo.
       Hablas…
       Calla imbécil. Hay gente que habla demasiado, otros callan y piensan. Tú eres de los primeros. Escúchame queda poco tiempo.
       Soy todo oídos.
       La bebida te traerá problemas. Prométeme que dejarás de beber.
       Se lo prometo.
       Tengo tu palabra. La palabra dada a un moribundo es sagrada. Recuérdalo.
Dicho esto, ladeó la cabeza y se murió.
Estuve muchos días sin beber, los papeleos me tenían distraído.
Mi pareja me dijo que lo tomase con más calma.
Y yo le hice caso. Ahora tenía más tiempo libre.
Esa fue mi perdición.
Empecé bebiendo una cerveza mientras comía.
A los pocos días ya era un cubata después de comer y otro después de cenar.
Un fin de semana salí a pasear y me metí en un bar a por tabaco, el dueño me invitó a un cubata y al final fueron diez.
Llegué a casa y mi pareja no dijo nada pero me miró como me miraba su padre. Empecé a odiarla por eso y surgieron mis gritos. Ella seguía sin decir nada, solo me miraba. Cansado de gritarla, cogí una silla y la estampé contra la televisión, fui  agarrar a mi pareja del brazo pero esta se escabulló y se encerró en su habitación.
       Atente a las consecuencias —dijo.
El alcohol me cegaba y seguí rompiendo cosas.
Me acerqué a la mesa camilla. Todavía tenía las sayas de invierno, cogí el cristal y lo estampé contra el suelo, fui a tirar de las sayas, cuando empezaron a removerse como si hubiera algo bajo la mesa. Esta empezó a levitar un poco, moviéndose de un lado a otro de la habitación.
Yo quería correr, alejarme pero no podía, estaba clavado en el suelo.
La mesa camilla se paró a mi lado, una nueva revuelta de sayas tuvo lugar y algo me atrajo. Era imposible resistirse, fui a levantarlas cuando noté que algo me atrapaba el brazo.
Sentí un gran dolor en mi antebrazo derecho y en mi cerebro resonó, ATENTE A LAS CONSECUENCIAS.
Grité como un niño.
       María, María… —creo que ni salieron las palabras por mi garganta.
La presión cedió y conseguí salir corriendo hacia la puerta de la calle. No pude abrirla.
Me desmayé.
Desperté en mi cama y pensé que había tenido una pesadilla.
Pasé al comedor, allí todo estaba bien y mi pareja estaba desayunando.
Sonreí aliviado pero me di cuenta de algo.
En mi antebrazo había un gran moratón, tenía marcados unos dedos ahí.
Miré hacia donde estaba sentada María y ella me miró.
Me miró con esa mirada que tenía mi suegro.
Entonces comprendí.

JAMÁS VOLVERÍA A BEBER.


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