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lunes, 24 de junio de 2013

Leyendas . Gengis Jan

Opinión: 
Gengis Jan



Cierta mañana, el guerrero mongol Gensis Jan y su cortejo salieron a cazar. Mientras que sus compañeros llevaron flechas y arcos, Gengis Jan llevaba su halcón favorito en el brazo... que era mejor y más preciso que flecha alguna, porque podía subir al cielo y ver todo aquello que el ser humano no consigue ver.

Ahora bien, pese al entusiasmo del grupo, no consiguieron encontrar nada. Gengis Jan, decepcionado, volvió a su campamento; pero, para no descargar su frustración en sus compañeros, se separó de la comitiva y decidió caminar solo.

Habían permanecido en el bosque más tiempo de lo esperado, y Jan estaba muerto de cansancio y sed. Por el calor del verano, los arroyos estaban secos, no conseguían encontrar nada para beber hasta que ¡milagro! vio un hilo de agua procedente de una roca que tenía delante.

Al instante, retiró el halcón de su brazo, cogió el vasito de plata que siempre llevaba consigo, se quedó un largo rato para llenarlo y, cuando estaba a punto de llevárselo a los labios, el halcón alzó el vuelo, le arrancó el vaso de las manos y lo tiró lejos.

Gengis Jan se puso furioso, pero era su animal favorito, tal vez tuviera sed también. Agarró el vaso, le quitó el polvo y volvió a llenarlo. Cuando lo tenía lleno hasta la mitad, el halcón volvió a atacarlo y derramó el líquido.


Gengis Jan adoraba a su animal, pero sabía que no podía permitir una falta de respeto en circunstancia alguna, ya que alguien podía estar presenciando la escena y más tarde contaría a sus guerreros que el gran conquistador era incapaz de domar una simple ave.

Esa vez, desenvainó la espada, cogió el vaso, empezó de nuevo a llenarlo, con un ojo en la fuente y el otro en el halcón. En cuanto vio que tenía bastante agua y estaba a punto de beber, el halcón de nuevo alzó el vuelo y se dirigió hacia él, Jan, con un golpe certero, le agravezó el pecho

Pero el hilo de agua se había secado. Decidido a beber de cualquier modo, subió a lo alto de la roca en busca de la fuente. Para sorpresa suya, había, en realidad, una poza de agua y en medio de ella, muerta, una de las serpientes más venenosas de la región. Si hubiera bebido el agua, ya no estaría en el mundo de los vivos.

Jan volvió al campamento con el halcón muerto en sus brazo. Mandó hacer una reproducción en oro del ave y grabó en una de las alas: "Incluso cuando un amigo hace algo que no te gusta, sigue siendo tu amigo".

En la otra ala mandó escribir: "Cualquier acción motivada por la furia es una acción condenada al fracaso".

Sacado del libro Ser como el rio que fluye de Paulo Coelho.



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