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domingo, 28 de abril de 2013

Ya puedes descargar La Antología La Llave.

Opinión: 
Pues sí, mis queridas lectoras y lectores, lectores y lectoras, también para los que no sean lectores o lectoras, para todos va esto.

La Antología La Llave está disponible ya en http://www.kissabookblog.com/2013/04/antologia-la-llave-ya-esta-aqui.html

Esta Antología se compone de 52 relatos, en los que hay que hablar sobre llaves, uno de ellos es mío y aquí os lo dejo.



     Marlinet caminaba ágil y sigilosamente en su primera caza de gacelas.
     Es decir, rápidamente y sin hacer nada de ruido para que no le descubriesen.
     Asimismo se había untado el cuerpo con grasa de gacela para que no detectasen en olor a elfo. Un buen truco aprendido de su hermana, la cazadora más experta de los elfos salvajes y con diferencia. Nunca jamás se le escapó una pieza y tampoco las hacía sufrir, no era ese su propósito sino simplemente, el alimentar a la familia.
     Nadie podría decir jamás que los elfos fuesen crueles ni que no respetasen a la naturaleza y a los animales pero de algo tenían que vivir y la carne era uno de sus alimentos preferidos.
     El joven elfo iba vestido solamente con una especie de falda corta y un chaleco. 
     Había un gnomo artesano que daba a las vestimentas de caza una especie de tinte que se camuflaba con el terreno por donde se estuviese en ese momento y también vendía en el lote un tinte para la piel que daba el mismo efecto.
     Se podría decir que Marlinet era prácticamente un elfo invisible.
     Llegaría hasta la gacela sin hacer ruido y sin ser visto ni olfateado, le daría un golpe de gracia con su mano desnuda, a la vieja usanza de los elfos salvajes cazadores y le rendiría el debido homenaje del cazador a su víctima proveedora de carne. Rezaría al Dios elfo Santalen para agradecerle su suerte en la caza y de paso, al Dios de los animales Aponatil.
     Se podía ser elfo salvaje pero también ellos eran respetuosos con la naturaleza y los rituales previos y posteriores al cobro de la pieza cazada.
     Sinceramente, este iba a ser el primer animal cazado por Marlinet y es más, no iba a ser dedicado para comida de su familia. Esta gacela sería el pago por la equipación de camuflaje integral que le había hecho el gnomo artesano.
     Cuando habló con él para adquirir el traje, el tinte y la grasa con olor a gacela, el gnomo artesano no quitó la vista de algo que tenía Marlinet en el cuello.
     Al preguntarle el artesano qué era ese objeto alargado que llevaba colgando, Marlinet no supo responder sobre qué era.
    -Es un regalo que me hizo mi desaparecido padre y por lo visto, su padre a él. A mi hermana le regaló una caja metálica muy pesada que no sirve para nada, ni siquiera se puede abrir, esto tampoco sirve pero como quería mucho a mi padre, me lo colgué. Mi hermana no pudo hacerlo con la caja, pesa más que ella, así que la tiene en nuestro hogar. La usa como asiento.
     El artesano pareció interesarse y se lo quiso cambiar por la equipación de caza pero Marlinet le dijo que no, que era un recuerdo de su padre y no podía dárselo a nadie. Pasaría de padres a hijos, como siempre.
     No se quedó muy conforme el gnomo, se había encaprichado con ese extraño objeto. Él sí parecía saber qué era pero no lo dijo pero aceptó que el pago fuese una gacela recién cazada.
     Seguramente el artesano pensase que Marlinet, como era tan inexperto y nunca había cazado, no sería tan bueno como su hermana en estos asuntos, fracasaría y no le quedaría más remedio que entregarle su adorno del cuello a cambio de los ropajes.
     Pero el joven elfo no pensaba jamás en el fracaso y venía de una familia de cazadores.
     Encontró a la gacela al pie de un arroyo y se le ocurrió que no bastaría con rezar una vez cazada, esa gacela se merecía un mayor homenaje, así que se paró a rezar antes de cogerla.
     Cuando acabó, la gacela ya no estaba en el arrojo.
     Marlinet no maldijo ni nada, simplemente pensó que los Dioses no querían que la cazase y siguió buscando.
     Cuatro horas más tarde, encontró por fin a otra gacela, rezó antes de aproximarse a ella y, una vez terminado el ritual inventado por él, demostró ser el cazador que todo el mundo esperaba.
     La gacela no sufrió y su Dios estaría contento de que un elfo tan buen cazador como él, le hubiese dado caza y rezado tan bien por ella, con tanto respeto.
     Se la echó a la espalda e inició su vuelta al poblado de los elfos salvajes.
     -Veo que has cumplido rápido y bien tu palabra —dijo el gnomo artesano, aunque no parecía estar muy alegre por ello. Seguramente defraudado porque el chico no hubiese fracasado. No dejaba de mirar su cuello y ese objeto.
     -No sufrió y me salieron unos rezos perfectos —se enorgulleció Marlinet.
     -Bueno, sí pero. ¿No necesitas más equipación? ¿algún arma? ¿alguna herramienta? —preguntó el anciano, esperando que la respuesta fuese afirmativa.
     -No, en realidad, ya tengo todo lo que necesito. Este traje me durará años y años, puesto que ya no creceré más. 
     -Muy inteligente por tu parte elegir el modelo con falda, así te vistes más rápido —dijo sin dejar de mirar el objeto del cuello de Marlinet.
     -La verdad es que no pensé en eso pero como a mi hermana le va muy bien con la suya, decidí que a mí también —contestó el joven elfo.
     -Te podría dar cualquier cosa a cambio de tu amuleto del cuello —dijo a media voz el Gnomo pero el elfo no se dio cuenta de su gran ansiedad.
     -No, olvídate de esto. —y se tocó el amuleto— Ya te dije que es un regalo que pasa de padres a hijos. Mi padre me lo dio a mí y su padre a él.
     El gnomo llamó a su asistente, un Troll de 3 metros de alto, un impresionante Troll de las colinas, en teoría eran salvajes.
     Marlinet se asustó un poco pero no dijo nada, era un elfo salvaje y estaba suficientemente preparado para combatir Trolls y lo que se le pusiera por delante.
     El Troll entró en silencio, si se le puede llamar silencio al enorme ruido que hacían sus poderosas patas al caminar pero no habló, a una indicación del Gnomo, cogió la gacela y la metió en la trastienda.
     -Bueno, pues tu deuda está zanjada, joven elfo. Si alguna vez quieres vender o cambiarme tu amuleto, estaré dispuesto a llegar a un trato contigo, aunque no será tan ventajoso como ahora —terció el Gnomo artesano.
     -Jamás me desharé de esto —agarró con su mano izquierda el amuleto colgado en su cuello el elfo y el Gnomo supo que lo decía de corazón.
     Dicho esto, el joven elfo salió de la tienda-taller del Gnomo y se dirigió a su hogar para comunicar a su hermana lo que había conseguido. Cazar su primera gacela.
     Mientras tanto, el Gnomo entró en la trastienda y se dirigió hacia donde el gran Troll despedazaba concienzudamente la gacela para meterla en una despensa que tenían en el sótano y que periódicamente rellenaban con hielo de las cercanas montañas para mantener la carne durante más tiempo y que no se pudriera. Aparte de sus trabajos con artesanía, el Gnomo también vendía carne a los mercaderes.
     Una de las peculiaridades de los Gnomos era ser muy avariciosos y nunca tenían bastante.
     Clorepos era el más avaricioso de todos.
     -Escucha inútil. —le dijo al Troll, aunque sabía de sobras que él no sabía ni lo que significaba esa palabra— Quiero que esta noche vayas donde vive el elfo que ha estado aquí y le quites su amuleto y la caja metálica que tiene su hermana. Te esperaré en mi cabaña escondida de las montañas, donde te capturé. ¿Entendido?
     -Amuleto y caja. Yo traigo. Yo mato.
     -Solo si es necesario. Si eres sutil, no hará falta, solo espera a que duerman —dijo el Gnomo, aun a sabiendas de que si algo no era un Troll era sutil. En realidad le daba igual lo que les pasase a los elfos.
     -Está bien Gnomo, yo traer, matar sutil y tú liberarme de mi promesa.
     -Ya veremos, tal vez cuando lleguemos a nuestro destino con la caja —dejó pendiente para más adelante la promesa que le hizo al gran Troll sobre la liberación de un “poderoso conjuro” que le hizo cuando le atacó en su cabaña escondida. 
     En realidad, el Gnomo era ventrílocuo y simuló que tenía un guardaespaldas invisible para que el Troll no lo matase. Un guardaespaldas que, como no podía verlo, sin embargo, podría matar al Troll cuando quisiera.                
     El Troll cogió miedo y a regañadientes, aceptó la servidumbre con el Gnomo pero con la vaga promesa de que algún día sería liberado de ella.
     La verdad es que Clorepos estaba empezando a hartarse del Troll, era muy manazas y le rompía muchas cosas, casi no le servía para nada, eso sí, era un magnífico carnicero pero, con la caja que iba a robar, ya no le haría falta trapichear con carne ni hacer artesanía. Odiaba la artesanía pero la gente era tonta y les gustaba. Malditos fuesen.
     El gran Troll salió para seguir al elfo y ver dónde vivía para atacar por la noche mientras el artesano pensaba en ese objeto del cuello del elfo y la caja metálica y pesada que había recibido su hermana.
     Él sí sabía qué objeto era el amuleto.
     Era una llave y seguramente, muy seguramente, la caja se abriría con esa llave.
     Siempre corrió el rumor que el padre de los dos elfos se dedicaba a buscar tesoros. Seguro que la caja encerraba muchos y el Gnomo con su ambición, los desearon en cuanto supieron la historia de labios del joven elfo.
     Cuando el Troll robase los objetos y los llevase a la cabaña escondida, abriría la caja, cogería parte del tesoro, lo otro lo escondería y se iría a vivir a alguna población más grande, donde viviría como un rey.                

     Jamás trabajaría ya.
     Llegada la madrugada, el Troll realizó a cabo la tarea que le había encomendado el Gnomo, no pudo encontrar a sutil para matarlo pero sí a Marlinet y su hermana.
     No tuvieron la menor oportunidad y cayeron ante el poderoso Troll, arrancando este el amuleto del cuello del elfo y cogiendo la caja metálica que brillaba tanto. Hasta para él era pesada pero se la pudo llevar a hombros hasta la casa de la montaña.
     Allí esperaba impacientemente el Gnomo, aunque cuando vio asomar al Troll, por lo menos, se le pudo adivinar una fugaz sonrisa de satisfacción en la arrugada cara.
     -Tardaste mucho inútil —fue su saludo.
     -Yo buscar  a sutil pero no encontrar —dijo el Troll.
     -Olvídalo, está bien así. Deja la caja en el suelo y dame la llave.
     El Troll se quedó pensativo, como no sabiendo qué era cada cosa. Tenían poca memoria esos seres y este, el que menos.
     -Lo que llevas al hombro y el amuleto que le quitaste al elfo —dijo muy impaciente, corroído por la avaricia el Gnomo.
     El Troll pareció comprender y dejó las cosas robadas a los pies del Gnomo.
     Este se precipitó rápidamente hacia la llave, la cogió y buscó la cerradura de la caja. Gruñó de satisfacción a ver que entraba perfectamente en ella y que, con un suave clic, la caja se abría.
     Incluso se paró un momento a frotarse las manos y luego abrió la tapa.
     En el interior había una especie de saca, el Gnomo supuso que estaba llena de monedas, tenía aspecto de eso y tal vez de joyas.
     Algo le llamó la atención, una especie de papiro enrollado.
     -Tal vez sea el mapa de algún tesoro —musitó el avaricioso Gnomo y lo abrió. Él sabía leer en élfico pero no hacía falta, eran letras con caracteres humanos. También las entendía.
Empezó a leer.
     -“Hijos míos, esto es para vosotros, mi más preciado tesoro. —Clorepos pareció entrar en éxtasis— A ti, hijo mío te doy una llave, la llave que abre la caja que le he regalado a tu hermana. Esa llave y caja me las regaló mi padre y su padre a él. Se trata de un regalo que les hizo un gran Rey humano, destinado a guardar las cosas más importantes. Mis ancestros no debían tener nada importante ya que yo recibí ambas cosas vacías y a mí, la vida me dio dos cosas importantes, vosotros, por eso quiero que estéis unidos por los dos objetos. Asimismo, en mis viajes descubrí una cosa muy importante para los humanos, un objeto que sirve para abrir muchas cosas, algunas con grandes secretos y riquezas. Yo me marcharé del mundo elfo al humano para aprender a fabricarlas y es todo un arte. Nunca volveré pero os dejo todo lo que he ido recogiendo en mis viajes a las tierras de los humanos. Lo que os dejo es todo mi tesoro y por lo que ahora voy a vivir. Me dedicaré por completo a hacerlas. Espero que me perdonéis por abandonaros así. Os quiero mucho.”
     -El loco este parece haber aprendido a fabricar monedas de los humanos. —se burló el Gnomo— Moneditas para mí, soy rico.
     No pudo aguantarse más, tiró el papel y se lanzó a abrir la saca mientras el Troll le miraba silenciosamente, evaluativamente.
     Clorepos rugió de gozo al ver brillar lo que había en el interior de la saca y después gritó de frustración.
     -Llaves, son llaves. Miles de llaves…
     
     El Troll no se lo pensó más, decidió que esas serían las últimas palabras del Gnomo.



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