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sábado, 20 de abril de 2013

Personajes de la Semana Santa. Poncio Pilato.

Opinión: 
Pasada ya la Semana Santa, veo oportuno hacer un breve repaso a los protagonistas que intervinieron en la vida y crucifixión de Jesucristo.

Nos toca hablar de Pilatos.



No, no hablamos del método Pilates, aunque a muchos les parezca eso al no tener ni idea de qué fue la Semana Santa ni la crucifixión de Jesús.
Pero bueno, hicieron ejercicio también, tanto física como mentalmente en esas épocas.

A todo esto, antes de nada, os cuento un chiste muy viejo y muy malo.

Iban dos amigos hablando sobre estos asuntos de Cristo y uno le dice al otro:

-Cuando Cristo andaba por el mundo, le dijo a Lázaro. "Lázaro, levántate y anda". Y andó.
El amigo le mira y le contesta.
-Se dice anduvo, gilipoyas.
A lo que le contesta el otro.
-Sí, anduvo gilipoyas un parde días pero luego ANDÓ.

Y ahora, pongámonos serios y hablemos sobre  Poncio Pilato, el que se lavaba tanto las manos.






Poncio Pilato desempeñó el cargo de prefecto de
la provincia romana de Judea desde el año 26 d.C.
hasta el 36 o comienzos del 37 d.C.
Su jurisdicción
se extendía también a Samaría e Idumea. No
sabemos nada seguro de su vida con anterioridad a
estas fechas.
El título del oficio que desempeñó fue
el de praefectus, como corresponde a los que
ostentaron ese cargo antes del emperador Claudio y
lo confirma una inscripción que apareció en
Cesarea.
El título de procurator, que emplean
algunos autores antiguos para referirse a su oficio,
es un anacronismo. Los evangelios se refieren a él
por el título genérico de “gobernador”.

Los juicios romanos seguían un trámite estricto: los acusadores (cualquier ciudadano libre) presentaban los cargos y los testigos que los apoyaban. El acusado tenía tres oportunidades de defenderse.

Los miembros del Sanedrín, temerosos de Cristo, decidieron su muerte espoleados por Caifás, sumo sacerdote.

 Pero el sanedrín no tenía competencias jurídicas civiles y no podía aplicar el Ius gladii, la pena de muerte. Y a la vez no querían linchar a Jesús por temor a la reacción del pueblo, por lo que la solución de Caifás fue tratar de que fuera Roma la que ejecutara la pena y se llevara las culpas.

Así que llevaron a Jesús ante Poncio Pilato y le acusaron no sólo de ser un blasfemo contra la Ley de Moisés (cosa que a Pilato le traía sin cuidado), sino también de "rebelión contra Roma", lo que llamó la atención del prefecto de Judea, aunque según narran los Evangelios se dio cuenta en seguida de que Jesús no era un peligro para Roma y que los judíos sólo pretendían involucrar a Roma en un asunto meramente religioso.

Los acusadores deseaban la muerte de Jesús, pero como eran cobardes y viles que eran, a la vez temían la reacción de los seguidores del Nazareno y por ello trataron que Pilato creyera que Jesús era un revolucionario anti-romano, pero Pilato no picó.

Pilato preguntó si aquel hombre era galileo.

Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.

Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera.

Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada.

Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia.

Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.

Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo

y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis.

Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte.

Así que le castigaré y le soltaré.»

Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!»

Este había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato.

Pilato les habló de nuevo, intentando librar a Jesús,

pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!»

Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le castigaré y le soltaré.»

Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y sus gritos eran cada vez más fuertes.

Pilato sentenció que se cumpliera su demanda.

Soltó, pues, al que habían pedido, el que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su voluntad.
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