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martes, 19 de febrero de 2013

Leyenda de La india Sención

Opinión: 





En un bohío de yagua y guano construido en un pintoresco lugar próximo a la laguna, habitaba una familia de color, compuesta por el padre, la madre y una hija. La muchacha llamada Ascensión, o cariñosamente Sención, era una joven de 16 a 18 años, hermoso tipo de mujer mestiza, de carácter indómito y soberbio. Sus rasgos fisionómicos denunciaban en ella la mezcla de la raza europea, africana e india. India la llamaban por la negrura y brillantez de su cabellera lacia que peinaba en hermosas trenzas cayéndole graciosamente sobre sus hombros. Esta familia desconocida para todos, había llegado a Sagua la Grande de tierra adentro, para alejar a la linda muchacha de un enamorado galán que a los padres disgustaba. Pronto descubrió el joven enamorado dónde escondían a su amada y vino a verla. Junto a la laguna los jóvenes se contaban sus amores, cuando la madre de la muchacha les descubrió y sorprendida e indignada los reprochó duramente.

El joven escuchó sin protestar y se marchó enseguida; no así Sención, que violenta, tal vez sintiera en ella la rebelión y fiereza de tres razas. Con sus ojos negros, brillantes de ira, le gritó a su madre con rudeza: -

-Mamaíta, su merced me ha abochornado y no va a hacerlo nunca más.

Diciendo esto descargó su mano abierta sobre el rostro de la madre. Al contestar la madre

-¡Hija maldita, Dios te va a castigar…!

Ocurrió algo inexplicable o milagroso: Sección no podía retirar su mano de la cara de la madre. Todos los esfuerzos fueron inútiles, la mano estaba adherida al rostro de la anciana. El padre, afligido, acudió a un curandero, el de más renombre que era al que acudía en los casos graves. Era preciso cortar la mano o el rostro de la anciana para terminar aquel martirio, no halló otra solución el curandero que amputar la mano por la muñeca a la joven, y así lo hizo. La muchacha, sin exhalar una queja, resistió impasible la operación y terminada esta, marchó a la laguna en cuyas aguas desapareció.

Muchos años después la infeliz madre habitaba sola en su casita, tejiendo sombreros finos de yarey, en lo que era muy experta, mientras en el lado izquierdo de su cara continuaba adherida la mano de su hija, que con el tiempo había tomado un tinte rojizo. Todos los viernes primeros de luna, a las 12 de la noche se veía el alma de Sección emerger de las agua de la laguna, más pálida y esbelta que nunca, con sus trenzas caídas sobre sus hombros como las usaba cuando vivía, y sus brazos abiertos hacia el cielo implorando misericordia y en el lugar de la mano derecha, el muñón envuelto en gasa que le pusiera el curandero. Este hecho ocurrió recién fundada Sagua, en un lugar próximo en donde hoy se alza la estación del ferrocarril, por los años 1814 al 1816. Se alza aún la vieja casita de guano testigo mudo del hecho insólito allí ocurrido. Deshabitada estaba siempre, pues nadie quería ocuparla debido al temor supersticioso que les infundía a todos los vecinos. Allí había vivido la madre de Sección, quien había sobrellevado resignada hasta la muerte, el dolor y la vergüenza del pecado que su hija cometiera.
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