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domingo, 6 de enero de 2013

Cuento de día de Reyes. El niño mirón.

Opinión: 
Había una vez un niño, de unos 8 ó 9 años que por estas fechas, siempre hacía la misma rutina.
Cada 5 de enero salía de su casa e iba su cita de todos los años.

Tal cita era ir a la única tienda de juguetes de su pueblo y pasar horas mirando los juguetes expuestos en el escaparate.

El dueño lo miraba y callaba.

Antes de marcharse, el niño entraba en la tienda.
Como todos los años, el dueño sabía la pregunta:

-Buenos días señor. ¿Me puede decir el precio de Quimicefa?
El dueño de la tienda siempre hacía el esfuerzo de querer dejárselo al precio que se lo dejaban a él. Le daba pena que año tras año ese niño siempre estuviese así y sin juguetes.
Pero eran tiempos difíciles, el pueblo tampoco daba para mucho y ni con esas el niño podía permitirse comprarse ese juego y ni se hubiera atrevido a pedírselo a sus padres. No había apenas dinero para cosas más necesarias, cuanto más para eso.

El señor de la tienda le decía el precio más barato que podía permitirse, el niño asentía, echaba un último vistazo de cerca al juego y diciendo adiós, se marchaba de la tienda cabizbajo.

El dueño de la tienda musitaba siempre:

-Hasta el año que viene...

Así pasaron muchos años, tantos, que el niño casi se olvidó de su juguete preferido, con el que soñaba de día y de noche y jugaba, aunque fuese en sueños, inventando cosas, haciendo experimentos imposibles.
De una forma u otra, él jugaba con ese juego, su imaginación era más fuerte que su pobreza.

Un buen día, el niño ya era jovencito pero aún seguía añorando ese juego, conoció a una niña que estaba malita.

El niño la conoció paseando por la calle, escuchó una tos y miró a una ventana.
Allí estaba ella, en una cama, leyendo libros que más tarde supo que eran de Castillos, Princesas y Héroes. Pero eso fue más tarde.

-Hola-le dijo el niño-¿Estñas bien?

-Sí, un poco cansada y aburrida. No me dejan que me mueva mucho, estoy malita y solo me permiten leer.

-Ah, yo voy a ver si me compro mi juguete preferido. Tal vez este año pueda.

-Yo no sé lo que es jugar, solo sé de libros e historias de Caballeros. ¿Tú eres un caballero?

-Jajaja. Veo que no te los has aprendido bien. ¿Tengo yo pinta de caballero acaso?

-A veces, un caballero se puede esconder tras la apariencia más impensada. Créeme, se mucho de eso-dijo la niña, sonriendo.

-Te puedo asegurar que yo tengo poco de caballero. Más bien soy un esclavo.

-No digas eso, no existe la esclavitud.

-Bueno, pero caballero no lo soy.

-Tal vez ahora no lo seas pero, ¿quién sabe con el tiempo? Eso surge. He leído muchos libros.

-Vale, lo que tú digas. Me alegro disfrutes leyendo tanto, a mí me gusta más jugar e inventar cosas e historias, tal vez algún día te escriba un libro sobre Princesas, Caballeros y Héroes.


-Sí, sí, porfi y sé tú el protagonista.

-Eres una tramposa, así te saldrías con la tuya, yo sería caballero aunque fuese en la ficción-dijo el niño.

-Bueno, debía intentarlo-guiñö un ojo la niña.

-¿De verdad no te gustan los juguetes físicos?-preguntó él intrigado.

-Te confieso que siempre sueño con tener algo-dijo ella.

-¿Qué es?

Ella bajó la voz:

-Quisiera tener una Barbie pero mis padres no quieren juegue físicamente por si me pongo más malita.


-Bueno, no creo que por jugar un poco te pongas peor. Pero una Barbie, aggggggggg

-Tú eres un chico, no entiendes de gustos de chicas.

-Me alegro de eso-dijo él.

-Pues es lo primero que tienes que aprender para ser un Caballero-dijo ella.

-Yo no soy un caballero. Te dejo leer tranquila-dijo él, medio enfadado, medio en broma-Adiós.

Se marchó hacia la tienda pensando en la niña, e hizo el mismo proceso de todos los años.

Así pasaron algunos años más, se hizo muy amigo de la niña y el chico se dio cuenta de que la niña no era del todo feliz teniéndolo todo porque le faltaba poder jugar como él, libremente.

Ese 5 de enero caminaba el chico por la calle cuando escuchó una especie de gritito y miró hacia arriba, notó un borrón que se aproximaba al suelo y sin pensárselo dos veces, se lanzó hacia delante y lo recogió al vuelo.
Del gran impacto, el niño cayó al suelo y notó que le dolía mucho el brazo derecho, miró qué había recogido y pegó un respingo.

Una niña muy pequeña, chupete en boca.

Se oyeron gritos y alguien salió de la casa donde había caído la niña.

-Tú-dijo el señor.

-Usted-dijo el chico.

Era el tendero.

-Acabas de salvar a mi única hija. Te estaré eternamente agradecido.

Llevaron a la niña con la esposa del tendero y vieron que el chico no tenía el brazo roto, solo un poco magullado del impacto.

-Ven conmigo-dijo el tendero-Es hora de abrir la tienda.

El chico siguió al tendero, se imaginó que quería le ayudase a levantar los cierres. Él era siempre obediente y respetuoso con los mayores.

Abrieron la tienda y el tendero, a pesar de saber qué era lo que el niño quería, quiso ser comedido:

-Salvaste a mi hija. Dime qué juguete quieres de la tienda y será para ti.

El niño, sorprendido, miró rápidamente al juguete de sus sueños, de tantos años de sueños.
El tendero sonrió y fue a cogerlo.

De pronto el niño vio algo a su lado y una imagen le vino a la mente.

Se dirigió al tendero y le dijo:

-No señor, no me hace falta ese juguete-y señalando a otra parte de la tienda dijo:-Quiero ese.

El tendero miró al niño, evaluándolo pero como los tiempos habían cambiado tanto, no dijo nada y cogió el juguete.

-¿Te lo envuelvo?-preguntó.

-Sí, por favor-dijo el niño.

Recogió su regalo y dando las gracias, se marchó de la tienda, medio triste por no llevarse el juguete de sus sueños y muy contento por lo que había hecho.

El día de Reyes caminó hacia un sitio donde por una vez, iba a ser un Caballero.

Acercándose a la ventana de su amiga, le tendió el paquete del regalo.

-Felices Reyes.

La niña abrió el paquete y oh, oh. Su sueño hecho realidad.


La puerta de la habitación se abrió y entraron los padres de la niña, con libros para ella y vieron la muñeca y al niño asomado a la ventana.
Se enfadaron y gritaron que la niña no podía tener juguetes físicos, que estaba malita y el niño, se puso triste y se marchó a su casa. Había hecho enfadar a los padres de la niña y la castigarían o algo.

Estuvo muy triste varios días cuando llamaron a su puerta.

Era la niña, radiante, feliz.

-¿Te escapaste de tu casa? Vuelve, tus padres se enfadarán mucho.

-No, no. Ellos escondieron la Barbie para que yo no jugase pero di con ella y jugué a escondidas. Me debieron espiar porque vieron que yo estaba mejor y que no me ponía tan malita, se han dado cuenta de que debo jugar como todos los niños y que estar en cama todo el tiempo no es sano. Así que me dejaron jugar y como solo hay una tienda de juguetes en el pueblo fui a preguntar al tendero si sabía dónde vivías, me lo dijo y aquí estoy.-dijo ella.

-Ah, me alegro te dejen jugar por fin-dijo el chico, todavía sorprendido.

-Sí, podré jugar contigo y además, el tendero me dijo otra cosa.

-¿Qué cosa?

-Que salvaste la vida a su hija por lo tanto eres un CABALLERO y de rebote, prácticamente has salvado parte de la mía-dijo ella.

-Oye, no seas exagerada, además, yo no juego a muñecas...-dijo él, haciéndose el duro.

-Jugarás........-vaticinó ella.

Y nada, FELIZ DÍA DE REYES a todos.
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