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jueves, 4 de octubre de 2012

Relatos. Los Reinos de Overlastar 2. Oristhor 11.

Opinión: 


El malvado Kalaprius quiere imponer su dominio en el mundo acompañado por todos los seres malvados que existen y que él mismo pervierte con su poder oscuro. Un mundo en el que tanto los demonios y los habitantes perversos no pueden tener cabida, para evitar eso, las demás razas que quieren la paz, deben unirse para la guerra.
Un frenético choque entre el bien y el mal con personajes de lo más variopinto.


(EldanYdalmaden Libro Segundo)





Los Reinos de Overlastar 2. Oristhor 11.


El bueno de Fredic estaba enzarzado con un guerrero, había cogido parte de otro que habían destrozado con sus hechizos Lisandra y Linkas y se había liado a golpes, no parecía llevar la peor parte, por lo menos los pinchos estaban doblados. 

Pero no podía ganar.

-¿Lo habéis conseguido?—voceó Linkas a Ardala.

-No, maestro. No hemos sabido fabricar a tiempo ninguna substancia que pueda corroer esa aleación—contestó la chica.

Linkas asintió abatido.

-Moriremos de nuevo en el sitio de nuestros antepasados, protegiendo a los humanos—y descargó otro rayo, este ya más débil contra otro guerrero.

-Pero tenemos una cosa. Dijiste que podía ser interesante usar la sopa de Genirolfo y quién sabe, maestro. Estos cíclopes tendrán que ver y respirar supongo—aventuró la joven aunque su mirada se dirigía hacia Fredic al que veía muy apurado—habrá que comprobarlo—sacó una flecha sin punta, bueno sin punta convencional, había como una pequeña ampolla en su lugar y disparó al guerrero que acosaba a su amado.

La flecha se estrelló con fuerza en el yelmo del cíclope haciendo romperse la ampolla y claro, algo del líquido que llevaba entró por las rejillas que tenía.

El cíclope empezó a dar botes, a estornudar, a querer restregarse los ojos. Pero claro, no podía, tenía cerrado el yelmo. Activó un resorte y el yelmo se abrió quedando la descubierto la cara del ser. Sin pensárselo dos veces, se restregó con el antebrazo en el ojo. Adivinad qué puede suceder si te restriegas un ojo con un antebrazo de hierro armado con pinchos. Pues eso y más sucedió. Uno menos.
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