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jueves, 24 de mayo de 2012

Relatos cortos. Una Princesa. 1

Opinión: 


El sol abrasaba en lo alto del cielo y el caballo donde iba montado levantaba una espesa polvareda que a veces lo cegaba y otras, cuando respiraba, le entraba tan dentro de los pulmones que le hacía toser.

Él era uno de los mejores caballeros de la cristiandad, ahora tosiendo por un poco de polvo... Eso, en otro tiempo no hubiera sido así pero claro, ahora, el veterano caballero cabalgaba a un destino incierto.

Ya no había guerras, no había nada por lo que luchar y si lo había, él ya no quería hacerlo. Se había pasado la vida guerreando, buscando o siendo buscado para lidiar en toda clase de contiendas y de conflictos. Al principio le gustaba su rol de Paladín de la justicia pero con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que hay veces que hasta la justicia es injusta, que ni todo es blanco ni todo es negro.


Y así fue cómo se encontró donde estaba ahora, en esa situación, en medio de ese lugar donde el agua brillaba por su ausencia, donde la tierra se abría a su paso por lo seco dle lugar y donde cada paso resonaba en el silencio más espectral, solo la arena al moverse, parecía susurrar su nombre.
Pero él ya sabía que no y es que , ya nadie le esperaba.

Pero en otro tiempo no fue así, él era un valiente
 guerrero que nunca huía de una guerra, hoy, todas sus ganas de actuar como Paladín de la justicia se le acabaron cuando le ordenaron perseguir y ejecutar a un fugitivo.

Y es que, ese fugitivo era su hermano, su propio hermano.
Nunca jamás, como Paladín había dado su brazo a torcer, jamás había renunciado a su deber.

Pero esta vez sí. esta vez nadie haría que volviera a realizar la tarea encomendada.

Por eso ahora, el veterano caballero cabalgaba con pena y sin gloria a su destierro, donde no llegase el poder de su Rey, un Rey que también había puesto precio ya a su cabeza, ahora, cuando no había querido obedecer sus órdenes.

Y ahora, llevaba más de tres meses en ese paraje inhóspito, donde de vez en cuando, algún caballo salvaje pasaba a su lado sin mirar, haciendo que tuviera que esquivarlo y otras veces, en algún cactus medio destartalado, veía lagartijas alrededor, como si ese fuera el único hogar que había en todo ese lugar.

Así que, el caballero, con el paso del tiempo en la soledad más absoluta, se abandonó a su suerte y ahora cabalgaba sin rumbo fijo, aunque siempre enflando al horizonte, hacia tierras extrañas, nunca visitadas por los suyos y seguro que hostiles, llenas de salvajes.

El caballero, inconscientemente, buscaba la muerte. Y es que con un precio puesto a sucabeza, no le quedaba otro destino que no fuera ese. Lo que no sabía es que, sus deseos iban a ser concedidos, y antes de lo que él pensaba. Ya no tenía nada qué comer o beber, el paraje era desértico y el sol abrasaba.

Algo se movió de repente bajo las patas del caballo y este se encabritó...
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